No es un buen día para no haber desayunado

No es un buen día para no haber desayunado. En el almuerzo del laburo el sanguchito de pebete vino más minúsculo que nunca. “Por lo menos tenes la ensalada de fruta que llena” me dice mi compañera, en un tono que no connota ironía y eso me irrita como si me estuviera jodiendo adrede. De hecho prefería que me estuviera rompiendo las pelotas en vez de decir esa boludez, para consolarme el día en que JUSTO vuelvo a tener hambre después de casi tres días sin comer.

Anoche se me volvieron a dormir los brazos mientras dormía, dicho sea de paso. Como si a mi cuerpo no le bastara con cerrar los ojos para descansar, y necesitara parar de sentir por completo. El problema era que la sensación de no sentir nada me despertó en reiteradas oportunidades. Y cuando empecé a ver que clareaba la mañana y seguía buscando una forma de que irrigue sangre al brazo para evitar el hormigueo, cometí el error que cometo siempre que tengo insomnio: me dormí.

A las ocho sonó el despertador y con los ojos cerrados traté de apagarlo, o por lo menos de encontrar el camión que me había pasado por arriba. Sin éxito me levanté (¿puedo hacer el chiste de “no importa cuándo leas esto”?) y me percaté de que ya estaba tarde para ir al trabajo. Entonces no desayuné.

No es un buen día para no haber desayunado.

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La almohada surrealista: espera

Lucha, agua, perro y torrbellino. Las sandalias se me salen, mientras pienso, “wow esto si que se va a poner jodido”. Y quizás si se ponga, si a la criatura escondida que grita no le dimos de comer, una al menos, como para que se calme hasta el próximo grito. Ya le digo, “yo no lo vomito”, pero me quemaría el grito. Tal vez sea la risa que encuentra perdido en el corral, aquel de allá que se ve encerrado, olvidado y abandonado. Pero le digo “che, una brisa como para tirar, algún colchón para reposar, algo, hasta el próximo carnaval”.

Soy vos, no yo

La espera desesperada de la hora que no llega y circula despacito, casi a paso de tortuga apacible al sol del verano. Pero acá no hay sol, sino oscuridad, gritos y monitores encendidos durante largas horas del día.

Que “anotá eso para mañana”, que “eso tenía que estar para ayer” y que “por qué no estás haciendo lo que te dije que teníamos que hacer”, hace una semana, cuando ya te estabas yendo a tu casa, un viernes.

Si  me pongo a pensar del tiempo que paso acá y como me devora la vorágine diaria, seguro llegaría a buen puerto con conclusiones del estilo de: “algo anda mal con este mundo”. Pero capaz que pensaría eso igual de todas formas, como cuando llegan los fines de semana y no me aguanto estar tanto pensando en que definitivamente algo anda mal, pero conmigo.

Sin remito ni nada

-Le dicen Michi.

-¿Michi?- pregunta un muchacho de pelo largo con barba.

-Si, Michi- le responde sin mirarlo, un señor trajeado muy elegante.

-¿Y me tiene que dar algo?- el hombre de pelo largo para de cargar bidones y respira-porque la última vez…

-No va a ser como la última vez, te lo garantizo. Vos anda tranquilo que allá te pagan- y como para enfatizar, lo apunta con el índice y lo mira fijo a los ojos -preguntá por Michi.

Mientras se rasca la barba, plagada de gotas de transpiración que se filtran sin parar, el muchacho termina de cargar los últimos bidones. Si pudiera elegir se iría. Mandaría a la mierda a Michi, a los bidones y al garca trajeado que ni se mosqueó  en ayudarlo. Pero como elegir no puede, sigue haciendo el trabajo y agachando la cabeza con resentimiento. Después de todo su familia tiene que comer.

-¿Hay  factura, remito o algo para que me lleve?

-No- dice el trajeado- sin remito ni nada.

Sigue la medialuna

Pasas una vez, dos, tres. Vas y venís de la puerta que va de tu oficina a la sala de reuniones, de la sala de reuniones, a la oficina de tu jefe. Sigue ahí.

Brillante, inmaculada, única. Te preguntas por qué la habrán dejado, abandonada a su suerte, a ella, tan tentadora y resplandeciente.

Reposa suavemente sobre un papel gris, como el día, como la tarde, como tu vida.

La tenías fichada desde la mañana cuando pasaste y la viste de reojo, mientras le llevabas a tu jefe el resumen mensual de las ¡Facturas! Dulce ironía del destino, ¡FAC TURAS!

En una de esas caminatas boomerang, te frenas y la miras: ya no se puede seguir viviendo con la tensión. Te acercas y la encaras. Estás a un paso y la tomas suavemente entre tus dedos. La tenes ahí, la acaricias y te manchas con el azucar impalpable. Se te ponen pegajosos los dedos con esa cosa rara y gelatinosa que le ponen. Pensas que no tenes hambre y era sólo vicio. Pensas que ya que no estás yendo al gimnasio, bueno, mejor hacer dieta. Y la dejás.

Dulce ironía de la vida.

La historia de como terminé en la panadería

Perdido en un incipiente sueño, había puesto la cuestión del tiempo y el espacio en primer plano. Me parecía por demás curioso estar situado en ningún lado, mientras no pasaba nada y mi existencia simplemente no era. Inexplicable sensación que solo los sueños pueden dar, cuando nuestra cabeza está abocada en su totalidad a crear mundos que nuestra racionalidad luego triturará hasta hacerlos mierda.

Un sonido agudo me devolvió a la realidad. El espacio, mi habitación. El tiempo, las ocho de la mañana. Debería ser ilegal el despertador.

La cabeza para un lado, para el otro, el sonido de mi cuello tronando, el frío horripilante que me golpeaba una vez que había corrido las sábanas. La marca de la cotidianidad.

Poseedor de una fuerza que no creía tener, logré levantarme de la cama a pesar de la gravedad que me aplastaba contra la almohada. Blanca, suave tentadora, podría ceder y dedicarle al mundo de las fantasías unos minutos mas… ¡Pero no! debía resistir.

A paso zombie, mis pies me arrastraron hacia el baño. Se venía la parte mas odiada: el chorro de agua helada, las manos que armaban una suerte de mini-pileta y el charco de lleno en la jeta. Única manera de abrir los ojos definitivamente.

Salí como nuevo del baño, agarré la ropa de ayer y salí a la calle. ¡Pum! El viento me golpeó la cara como piña de boxeador, nock-out en el primer round y quedé medio tonto por el sacudón. En el mareo miré el panorama para ver como andaba la calle, que extrañamente pintaba desolada. No había un alma. No estaba ni siquiera el vecino que hacía cagar al perro en la puerta de mi casa, a propósito, porque era mal tipo y sabía que me jodía. “Qué extraño pensé” y seguí caminando porque eso en verdad me nefregaba.

Me la pasé a las puteadas las tres cuadras que me separaban del depósito en el que trabajaba. Generalmente no suelo ser así de malhumorado, pero esto como que se estaba poniendo terriblemente irritante. Primero, el fenómeno climático. ¿Dónde viste que en una cuadra haya sol y cuando caminás a la otra se largue una tormenta tropical? Sólo a mí. Segundo, el fenómeno automotor. Por la calle no pasaban ni los bondis y el único auto que apareció hundió la rueda de lleno en un lago turbio, que se hizo una ola y me empapó. Tercero, el fenómeno “estoy definitivamente meado”. Parecía una conspiración a esta altura. Los astros se habían alineado para cagarme la vida y hacerla absolutamente insoportable. ¿Podés creer que llegué al depósito y estaba cerrado? “Claro”, pensé “si es sábado, que boludo”.

Pienso que en esas situaciones solo quedan dos cosas por hacer. Una, empezar a investigar sobre el choque de átomos y la energía liberada, para vengarme de la humanidad; otra, ir a la vuelta y conseguir una docena de medialunas. Opté por la segunda.