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Podríamos pensar que en un día gris no tiene que llover necesariamente. Podríamos pensar que no tiene que hacer frío y que no es un día de melancolía, necesariamente. Pero si caminar por las calles húmedas de Buenos Aires todavía tiene su gracia, es en parte, porque los inviernos se prestan a cualquiera que sepa apreciar el hecho  de no encontrar causas a la tristeza de un día gris.

No es un buen día para no haber desayunado

No es un buen día para no haber desayunado. En el almuerzo del laburo el sanguchito de pebete vino más minúsculo que nunca. “Por lo menos tenes la ensalada de fruta que llena” me dice mi compañera, en un tono que no connota ironía y eso me irrita como si me estuviera jodiendo adrede. De hecho prefería que me estuviera rompiendo las pelotas en vez de decir esa boludez, para consolarme el día en que JUSTO vuelvo a tener hambre después de casi tres días sin comer.

Anoche se me volvieron a dormir los brazos mientras dormía, dicho sea de paso. Como si a mi cuerpo no le bastara con cerrar los ojos para descansar, y necesitara parar de sentir por completo. El problema era que la sensación de no sentir nada me despertó en reiteradas oportunidades. Y cuando empecé a ver que clareaba la mañana y seguía buscando una forma de que irrigue sangre al brazo para evitar el hormigueo, cometí el error que cometo siempre que tengo insomnio: me dormí.

A las ocho sonó el despertador y con los ojos cerrados traté de apagarlo, o por lo menos de encontrar el camión que me había pasado por arriba. Sin éxito me levanté (¿puedo hacer el chiste de “no importa cuándo leas esto”?) y me percaté de que ya estaba tarde para ir al trabajo. Entonces no desayuné.

No es un buen día para no haber desayunado.

Hablando del cuerpo

Me gustaría saber si alguna vez puede llegar a ser posible determinar como se mueve uno mismo. Lograr identificar los gestos y las formas contradictorias en la que dispongo mi cuerpo que van de la pose de Humphrey Bogart, hasta la manera de moverse del cantante de The crazy world of Arthur Brown. Una especie de genealogía de gestos discursivos que se plasman en mi manera inconsciente de identificar las cosas, que luego moldeo y reproduzco con un sentido determinado para que me identifiquen los otros según aquello que quiero generar. Capaz entendamos cómo nos mostramos y que significa eso, de dónde viene la figura en la que nos construimos como imponentes, interesantes, amantes o locos. Por qué usamos esos gestos y no otros para decir que estamos tristes o felices.

Quizás después de todo podamos aprender un poco más de la forma en la que sonreímos.

Poema porque no estoy dormido

Se estremece en la noche que es densa ahora, sin intenciones de clarear el día y preguntándose por qué está listo para mover las piernas frenéticas en una maratón, pero no para seguir durmiendo. Quizás es la campanada cerebral que lo llama -por alguna razón que le es propia pero ajena- a pensar y reflexionar sobre ese torrente que empieza a circular por su cabeza.

La almohada surrealista: espera

Lucha, agua, perro y torrbellino. Las sandalias se me salen, mientras pienso, “wow esto si que se va a poner jodido”. Y quizás si se ponga, si a la criatura escondida que grita no le dimos de comer, una al menos, como para que se calme hasta el próximo grito. Ya le digo, “yo no lo vomito”, pero me quemaría el grito. Tal vez sea la risa que encuentra perdido en el corral, aquel de allá que se ve encerrado, olvidado y abandonado. Pero le digo “che, una brisa como para tirar, algún colchón para reposar, algo, hasta el próximo carnaval”.

La foto

Se genera contraste porque el día está terminando de clarear, pero la oscuridad empieza a trepar despacio por la habitación. Queda un tono lúgubre que genera una inquietante densidad, una especie de ocultar siniestro que amenaza la luz inocente del atardecer. En las sombras se distinguen las siluetas de objetos, ¿qué está por pasar ahí?, ¿qué momento exacto del devenir temporal captó la cámara con su fugaz apropiación de la escena?

Hay algo monstruoso en la ruptura que provoca la luz exterior. La habitación queda vedada, misteriosa e incierta. La oscuridad anuncia que todo puede suceder allí, pero no va a saberse porque la foto no trasciende al momento. Con la imaginación empieza a caer la ansiedad, y en la incertidumbre es donde yace el horror.