No es un buen día para no haber desayunado

No es un buen día para no haber desayunado. En el almuerzo del laburo el sanguchito de pebete vino más minúsculo que nunca. “Por lo menos tenes la ensalada de fruta que llena” me dice mi compañera, en un tono que no connota ironía y eso me irrita como si me estuviera jodiendo adrede. De hecho prefería que me estuviera rompiendo las pelotas en vez de decir esa boludez, para consolarme el día en que JUSTO vuelvo a tener hambre después de casi tres días sin comer.

Anoche se me volvieron a dormir los brazos mientras dormía, dicho sea de paso. Como si a mi cuerpo no le bastara con cerrar los ojos para descansar, y necesitara parar de sentir por completo. El problema era que la sensación de no sentir nada me despertó en reiteradas oportunidades. Y cuando empecé a ver que clareaba la mañana y seguía buscando una forma de que irrigue sangre al brazo para evitar el hormigueo, cometí el error que cometo siempre que tengo insomnio: me dormí.

A las ocho sonó el despertador y con los ojos cerrados traté de apagarlo, o por lo menos de encontrar el camión que me había pasado por arriba. Sin éxito me levanté (¿puedo hacer el chiste de “no importa cuándo leas esto”?) y me percaté de que ya estaba tarde para ir al trabajo. Entonces no desayuné.

No es un buen día para no haber desayunado.

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