Siete días de insomnio

Sus ojos encontraban en las estrellas la calma que había estado buscando. En la calle todo era silencio y quietud, mientras el aire se hacía espeso en el calor del verano. Siete días de insomnio y contando.

Los paseos nocturnos en un principio, no tenían un por qué. No lograba descifrar con exactitud la razón inconsciente que lo impulsaba a saltar de la cama a la gran ciudad, dormida a la luz de la luna. Sería tal vez el deseo de pertenecer a la inmensidad, de sentirse acompañado en la soledad. En ese sentido podría decirse que si ese era el motivo oculto que auspiciaba como motor de su cuerpo,  se había cumplido.

Siete días y contando. Toda una nueva rutina cotidiana: salir a la calle, caminar algunas cuadras, volver y caminar algunas otras en la dirección contraria. Los carteles se le repetían, las casas le eran familiares. Reconocía con la vista hasta los detalles mas recónditos, que pasan desapercibidos en la vorágine diurna. Esa pintada que antes no estaba, esa rama que se había caído, ese auto nuevo que algún vecino se había comprado.

Podía describir paso a paso las ínfimas cosas que iban cambiando la imagen del barrio y la extraña alegría que esto le generaba, se alimentaba con las cosas nuevas que aparecían noche tras noche. Siempre una sorpresa diferente, como para convertir en constante lo imprevisto, parte de ese atractivo abrumador que había llegado a conocer en sus caminatas anteriores.

Una vida aburrida y monótona bajo la luz del sol, a cambio de una nocturna aventurera, desordenada, incógnita. Había aprendido a querer la vorágine caótica de un mundo aparentemente inmóvil, pero que se reservaba para sí el misterioso futuro que podía acontecer a cada vuelta de la esquina. Y también había aprendido a querer, lisa y llanamente.

Salidas a la búsqueda del vértigo perdido, a encontrarse consigo mismo, a separarse de ese engranaje que devoraba su persona. Esa era la explicación provisoria que Ariel le daba a su desesperante insomnio. Desesperante porque no era todo “color de rosas”: se había ganado una migraña constante, un estado de falta de atención absoluto y algunos problemas respiratorios que le habían traído mas de un susto. Todo eso sumado a las dificultades sociales que ese estado pseudo automático y liberado de inhibiciones, le estaba generando.

Sin embargo, esta noche se sentía particularmente bien, en paz. En la balanza esta semana había sido significativa para su existencia y la intensidad de las experiencias auguraban un cambio favorable. La única pena honda, de las que cuesta olvidar, traía consigo una de las historias mas hermosas e increíbles que había imaginado jamás. Eso si que procuraría recordarlo siempre.

Resoplaba una leve y agradable brisa que golpeaba su cara, mientras sus párpados empezaban a pesarle. La tranquilidad invadía  su cuerpo expresándose paso a paso en su andar lento y cansino. “Está terminando”, pensó para sus adentros, mientras su boca se arqueaba en una de las sonrisas que mas había disfrutado en meses. Pero la verdad era que sonreía, porque sabía que no estaba haciendo otra cosa que empezar.

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