Sigue la medialuna

Pasas una vez, dos, tres. Vas y venís de la puerta que va de tu oficina a la sala de reuniones, de la sala de reuniones, a la oficina de tu jefe. Sigue ahí.

Brillante, inmaculada, única. Te preguntas por qué la habrán dejado, abandonada a su suerte, a ella, tan tentadora y resplandeciente.

Reposa suavemente sobre un papel gris, como el día, como la tarde, como tu vida.

La tenías fichada desde la mañana cuando pasaste y la viste de reojo, mientras le llevabas a tu jefe el resumen mensual de las ¡Facturas! Dulce ironía del destino, ¡FAC TURAS!

En una de esas caminatas boomerang, te frenas y la miras: ya no se puede seguir viviendo con la tensión. Te acercas y la encaras. Estás a un paso y la tomas suavemente entre tus dedos. La tenes ahí, la acaricias y te manchas con el azucar impalpable. Se te ponen pegajosos los dedos con esa cosa rara y gelatinosa que le ponen. Pensas que no tenes hambre y era sólo vicio. Pensas que ya que no estás yendo al gimnasio, bueno, mejor hacer dieta. Y la dejás.

Dulce ironía de la vida.

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