La historia de como terminé en la panadería

Perdido en un incipiente sueño, había puesto la cuestión del tiempo y el espacio en primer plano. Me parecía por demás curioso estar situado en ningún lado, mientras no pasaba nada y mi existencia simplemente no era. Inexplicable sensación que solo los sueños pueden dar, cuando nuestra cabeza está abocada en su totalidad a crear mundos que nuestra racionalidad luego triturará hasta hacerlos mierda.

Un sonido agudo me devolvió a la realidad. El espacio, mi habitación. El tiempo, las ocho de la mañana. Debería ser ilegal el despertador.

La cabeza para un lado, para el otro, el sonido de mi cuello tronando, el frío horripilante que me golpeaba una vez que había corrido las sábanas. La marca de la cotidianidad.

Poseedor de una fuerza que no creía tener, logré levantarme de la cama a pesar de la gravedad que me aplastaba contra la almohada. Blanca, suave tentadora, podría ceder y dedicarle al mundo de las fantasías unos minutos mas… ¡Pero no! debía resistir.

A paso zombie, mis pies me arrastraron hacia el baño. Se venía la parte mas odiada: el chorro de agua helada, las manos que armaban una suerte de mini-pileta y el charco de lleno en la jeta. Única manera de abrir los ojos definitivamente.

Salí como nuevo del baño, agarré la ropa de ayer y salí a la calle. ¡Pum! El viento me golpeó la cara como piña de boxeador, nock-out en el primer round y quedé medio tonto por el sacudón. En el mareo miré el panorama para ver como andaba la calle, que extrañamente pintaba desolada. No había un alma. No estaba ni siquiera el vecino que hacía cagar al perro en la puerta de mi casa, a propósito, porque era mal tipo y sabía que me jodía. “Qué extraño pensé” y seguí caminando porque eso en verdad me nefregaba.

Me la pasé a las puteadas las tres cuadras que me separaban del depósito en el que trabajaba. Generalmente no suelo ser así de malhumorado, pero esto como que se estaba poniendo terriblemente irritante. Primero, el fenómeno climático. ¿Dónde viste que en una cuadra haya sol y cuando caminás a la otra se largue una tormenta tropical? Sólo a mí. Segundo, el fenómeno automotor. Por la calle no pasaban ni los bondis y el único auto que apareció hundió la rueda de lleno en un lago turbio, que se hizo una ola y me empapó. Tercero, el fenómeno “estoy definitivamente meado”. Parecía una conspiración a esta altura. Los astros se habían alineado para cagarme la vida y hacerla absolutamente insoportable. ¿Podés creer que llegué al depósito y estaba cerrado? “Claro”, pensé “si es sábado, que boludo”.

Pienso que en esas situaciones solo quedan dos cosas por hacer. Una, empezar a investigar sobre el choque de átomos y la energía liberada, para vengarme de la humanidad; otra, ir a la vuelta y conseguir una docena de medialunas. Opté por la segunda.

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