El reflejo

Estaba flaco, mas que de costumbre. Lucía extraño a la última vez que lo había visto. Su cuerpo ya no tenía su forma atlética que había ostentado, sino que estaba delgado de forma insalubre.

Tengo que admitir que me sorprendió el aspecto de la cara: llamaba la atención de una forma desagradable. Terriblemente demacrada, dejaba relucir sus arrugas por el andar del tiempo, marcando un contraste desolador a comparación de sus mejores años.
Tenía una expresión malhumorada, de una triste repugnancia al peso de la experiencia, al paso de los años. El ceño fruncido parecía haberse vuelto una costumbre que se evidenciaba en la profunda marca de su entrecejo.

Atrás habían quedado esos tiempos de largas cabelleras, que lucía alegremente por la vida. En su lugar, unos pocos pelos canosos adornaban un cuero cabelludo que ya se veía casi íntegramente. Me daba una cierta calma verlo tan apacible, tan quieto y debilitado.
Lo miré a los ojos y aparté la vista enseguida. Me posé en las manos viejas y arrugadas. Sus dedos largos parecían extrañar la sensación de una caricia, el maravilloso dolor del rasguido en las cuerdas de una guitarra, la fuerza de un apretón de manos, de un abrazo.
Cerré los ojos, suspiré y los abrí de nuevo.

¡Por Dios que flaco estaba! Daba pena ver su semblante encorvado, deforme por el deterioro de los huesos. Era un esqueleto, lisa y llanamente. Ya podía ver el vacío en la cavidad de sus ojos. Su calavera blanca y reluciente yaciendo solitaria en una tumba abandonada a su suerte. Una sonrisa amarga asomó en su boca.
La vejez lo había golpeado fuertemente, llegando a un galope veloz. Primero un año, después otro, uno mas y ahí estaba, postrado en una habitación, tratando de sobrevivir a un nuevo invierno.

De joven vigoroso a viejo decrépito, de hombre de la casa a un gélido asilo, de poderoso emprendedor a estorbo social, de amante apasionado a un pobre solitario.
Lo desesperante de su situación era lo irreversible de la misma. El hecho de no poder hacer nada para cambiarla lo deprimía de una manera atroz. La forma de desperdiciar sus últimos años lo volvía loco. Una depresión que se dejaba ver en sus párpados entrecerrados, en el brillo de sus ojos. ¿Una mirada de auxilio quizás? Había que ser bravo en serio para escaparse de tantos medicamentos. Volví a apartar la mirada con rapidez.
Sonó una campanada en una iglesia cercana, que marcaba la media noche. ¿Cuánto habría cambiado el mundo que había conocido? Otra campanada. ¿Dónde habrán ido a parar todos aquellos con los que había compartido su vida, su felicidad? Otra campanada resonó en sus oídos. Tenía los ojos bien abiertos ahora, en una mueca de terror, de ese miedo que recorre el cuerpo y lo desgarra. ¿Qué pasaría, a dónde iría?, ¿se perdonarían los pecados?. El viejo gritó y yo grité. El viejo rompió el espejo y mi reflejo se fue con él.

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